Inteligencia Emocional, cuando el saber no basta

 

Personas con un currículo académico brillante en muchos casos no acaban de funcionar en la empresa y los negocios. Una de las respuestas posibles es la baja inteligencia emocional de estas personas.

La inteligencia emocional se puede definir de muchas maneras, pero me gusta especialmente ésta “Capacidad para captar y gestionar las emociones del entorno”. Es decir, se trata de saber leer las emociones de uno mismo y de las personas de nuestro alrededor, pero también procesar dicha lectura para provocar acciones positivas para un fin determinado.

Repasando elementos de apoyo de la inteligencia, me quedo en primer lugar con el DAFO personal, es decir  “conocernos”. Saber en qué somos buenos, en que aspectos debemos mejorar, reconocer nuestras emociones… tomar conciencia de nuestras posibilidades y nuestros límites.

También el autocontrol nos ayudará a desarrollar nuestra inteligencia emocional. Es la base de todas las decisiones, pensar fríamente, limpiar de emociones y actuar en consecuencia. No podemos dejarnos llevar por las emociones. Esto lleva a generar una zona de reflexión y tranquilidad en nuestro entorno que de alguna manera se transfiere a las personas cercanas que muy probablemente funcionen de una manera más eficaz.

Cuando una persona no tiene definidas metas, no disfruta de su trabajo, piensa en una rentabilidad puramente material, se puede decir que no tiene una motivación clara. La satisfacción por el trabajo bien hecho, el disfrutar en la realización de nuestras tareas, genera por sí misma la motivación necesaria para querer aprender más, marcarse nuevas metas, generar ideas y creatividad. Sin duda la motivación es un aspecto más de la inteligencia emocional.

Hemos hablado antes de gestionar emociones en nuestro entorno, y ello no se consigue sin la empatía. El querer conocer los sentimientos de las personas nos permitirá llegar a estas personas, entender sus reacciones, sus puntos de vista y por lo tanto tener un visión 360º de la realidad. Muy unido al concepto de empatía se habla de las habilidades sociales como el elemento que nos da la capacidad para manejar de forma adecuada la comunicación, la asertividad y de esta forma asegurarnos de ser entendidos y respetados.

En definitiva un conjunto de elementos en donde no aparece para nada el conocimiento de la materia en la que trabajamos, que sin duda es importante, pero pasa a un segundo plano cuando no aparecen los valores de la inteligencia emocional.

En cualquier grupo de trabajo o empresa, personas que transmiten cercanía, proximidad, confianza son los catalizadores de la ilusión y la motivación del grupo potenciando los valores que harán de esa idea, negocio o empresa un valor seguro. Cuando en el grupo no exista personas con estas capacidades se generaran situaciones de continua tensión, tristeza e ineficacia. Por lo tanto el camino está claro. ¡Seamos inteligentes, emocionémonos!

 

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