Las quejas y lo que haces con ellas

Creo que es en Annie Hall donde Woody Allen empezaba diciendo: Hay un viejo chiste sobre dos ancianas que están en un hotel. Una dice: “¡Qué mala es la comida!”, y la otra contesta: “Si, y las raciones son tan pequeñas”. Supongo que la verosimilitud de la cita se podrá cotejar en internet (hay que tener mucho cuidadín con lo que se escribe en la red porque antes se descubre a un inexacto que a un ignorante). En muchas ocasiones las quejas no significan mucho, salvo que la vida no es perfecta, y no influyen prácticamente en nuestro comportamiento, en el día a día.

Así, casi todas las mañanas, cuando tengo que madrugar para ir al trabajo, suelo rezongar lastimosamente sobre mi incómodo destino de laboriosa hormiga pero, sin embargo, tras la ducha, y una vez montado en el tren de mis hábitos diarios, el lamento queda atrás, arrinconado y sin efecto. El problema no es la queja en sí, que no deja de ser un mera reacción verbal- emocional producto de un mal momento, también llamado mal rollito. Vamos, que cuando me corto afeitándome me duele y lo digo ( me quejo). Si me abandonan como a un perro chico, ladraré y aullaré, y me pondré a patear en busca de un nuevo hogar…o no. Pero, ¿y si resulta que cuando me quejo alguien me presta atención, me escucha, me echa cuentas, como diria uno/a de Sevilla? La queja deja de ser una consecuencia natural para tener una función social.

“La diferencia entre las ratas y los seres humanos es que la mayoría de estos últimos seguirán en un túnel en el que no hay queso” .

El problema no son las quejas en sí, sino lo que hago (y hacen) con ellas. Quejarse, a uno mismo y/o a los demás, se ha puesto de moda, se ha convertido en una forma de comunicación en sí misma, en una forma muy frecuente de interactuar con las personas humanas, y con las otras. Los que se quejan demandan atención y piden que se les den razones o se les de la razón (suelen ser sinónimos), y los que escuchan las lamentaciones se prestan inconscientemente al juego, incluidos/as los profesionales, esos orientadores/as y asesores/as que actuan sobre el pesimismo verbal, intentando hacer entrar en razón a sus clientes: “la vida no es tan mala”, “te lo estás tomando a la tremenda”… Pero ¿y si “la vida es lo que es, e incluso menos”?

¿Racionalizar y debatir con los pesimistas (que somos todos/as) que la vida no es tan dura? ¿O ayudarles a aceptar que la vida es como quiera que sea y que tenemos que seguir con el plan y la dirección marcados, aunque duela? Para los primeros, aquí un poco de lectura. Para los segundos, entre los que me confieso incluido, unas metáforas con sustancia. Por cierto, me hubiera gustado darle un toque más festivo a este primer post del nuevo año, pero no seré yo el que me queje.

Creo que es en Annie Hall donde Woody Allen empezaba diciendo: Hay un viejo chiste sobre dos ancianas que están en un hotel. Una dice: “¡Qué mala es la comida!”, y la otra contesta: “Si, y las raciones son tan pequeñas”. Supongo que la verosimilitud de la cita se podrá cotejar en internet (hay que tener mucho cuidadín con lo que se escribe en la red porque antes se descubre a un inexacto que a un ignorante). En muchas ocasiones las quejas no significan mucho, salvo que la vida no es perfecta, y no influyen prácticamente en nuestro comportamiento, en el día a día.

Así, casi todas las mañanas, cuando tengo que madrugar para ir al trabajo, suelo rezongar lastimosamente sobre mi incómodo destino de laboriosa hormiga pero, sin embargo, tras la ducha, y una vez montado en el tren de mis hábitos diarios, el lamento queda atrás, arrinconado y sin efecto. El problema no es la queja en sí, que no deja de ser un mera reacción verbal- emocional producto de un mal momento, también llamado mal rollito. Vamos, que cuando me corto afeitándome me duele y lo digo ( me quejo). Si me abandonan como a un perro chico, ladraré y aullaré, y me pondré a patear en busca de un nuevo hogar…o no. Pero, ¿y si resulta que cuando me quejo alguien me presta atención, me escucha, me echa cuentas, como diria uno/a de Sevilla? La queja deja de ser una consecuencia natural para tener una función social.

“La diferencia entre las ratas y los seres humanos es que la mayoría de estos últimos seguirán en un túnel en el que no hay queso” .

El problema no son las quejas en sí, sino lo que hago (y hacen) con ellas. Quejarse, a uno mismo y/o a los demás, se ha puesto de moda, se ha convertido en una forma de comunicación en sí misma, en una forma muy frecuente de interactuar con las personas humanas, y con las otras. Los que se quejan demandan atención y piden que se les den razones o se les de la razón (suelen ser sinónimos), y los que escuchan las lamentaciones se prestan inconscientemente al juego, incluidos/as los profesionales, esos orientadores/as y asesores/as que actuan sobre el pesimismo verbal, intentando hacer entrar en razón a sus clientes: “la vida no es tan mala”, “te lo estás tomando a la tremenda”… Pero ¿y si “la vida es lo que es, e incluso menos”?

¿Racionalizar y debatir con los pesimistas (que somos todos/as) que la vida no es tan dura? ¿O ayudarles a aceptar que la vida es como quiera que sea y que tenemos que seguir con el plan y la dirección marcados, aunque duela? Para los primeros, aquí un poco de lectura. Para los segundos, entre los que me confieso incluido, unas metáforas con sustancia. Por cierto, me hubiera gustado darle un toque más festivo a este primer post del nuevo año, pero no seré yo el que me queje.

Creo que es en Annie Hall donde Woody Allen empezaba diciendo: Hay un viejo chiste sobre dos ancianas que están en un hotel. Una dice: “¡Qué mala es la comida!”, y la otra contesta: “Si, y las raciones son tan pequeñas”. Supongo que la verosimilitud de la cita se podrá cotejar en internet (hay que tener mucho cuidadín con lo que se escribe en la red porque antes se descubre a un inexacto que a un ignorante). En muchas ocasiones las quejas no significan mucho, salvo que la vida no es perfecta, y no influyen prácticamente en nuestro comportamiento, en el día a día.

Así, casi todas las mañanas, cuando tengo que madrugar para ir al trabajo, suelo rezongar lastimosamente sobre mi incómodo destino de laboriosa hormiga pero, sin embargo, tras la ducha, y una vez montado en el tren de mis hábitos diarios, el lamento queda atrás, arrinconado y sin efecto. El problema no es la queja en sí, que no deja de ser un mera reacción verbal- emocional producto de un mal momento, también llamado mal rollito. Vamos, que cuando me corto afeitándome me duele y lo digo ( me quejo). Si me abandonan como a un perro chico, ladraré y aullaré, y me pondré a patear en busca de un nuevo hogar…o no. Pero, ¿y si resulta que cuando me quejo alguien me presta atención, me escucha, me echa cuentas, como diria uno/a de Sevilla? La queja deja de ser una consecuencia natural para tener una función social.

“La diferencia entre las ratas y los seres humanos es que la mayoría de estos últimos seguirán en un túnel en el que no hay queso” .

El problema no son las quejas en sí, sino lo que hago (y hacen) con ellas. Quejarse, a uno mismo y/o a los demás, se ha puesto de moda, se ha convertido en una forma de comunicación en sí misma, en una forma muy frecuente de interactuar con las personas humanas, y con las otras. Los que se quejan demandan atención y piden que se les den razones o se les de la razón (suelen ser sinónimos), y los que escuchan las lamentaciones se prestan inconscientemente al juego, incluidos/as los profesionales, esos orientadores/as y asesores/as que actuan sobre el pesimismo verbal, intentando hacer entrar en razón a sus clientes: “la vida no es tan mala”, “te lo estás tomando a la tremenda”… Pero ¿y si “la vida es lo que es, e incluso menos”?

¿Racionalizar y debatir con los pesimistas (que somos todos/as) que la vida no es tan dura? ¿O ayudarles a aceptar que la vida es como quiera que sea y que tenemos que seguir con el plan y la dirección marcados, aunque duela? Para los primeros, aquí un poco de lectura. Para los segundos, entre los que me confieso incluido, unas metáforas con sustancia. Por cierto, me hubiera gustado darle un toque más festivo a este primer post del nuevo año, pero no seré yo el que me queje.

Creo que es en Annie Hall donde Woody Allen empezaba diciendo: Hay un viejo chiste sobre dos ancianas que están en un hotel. Una dice: “¡Qué mala es la comida!”, y la otra contesta: “Si, y las raciones son tan pequeñas”. Supongo que la verosimilitud de la cita se podrá cotejar en internet (hay que tener mucho cuidadín con lo que se escribe en la red porque antes se descubre a un inexacto que a un ignorante). En muchas ocasiones las quejas no significan mucho, salvo que la vida no es perfecta, y no influyen prácticamente en nuestro comportamiento, en el día a día.

Así, casi todas las mañanas, cuando tengo que madrugar para ir al trabajo, suelo rezongar lastimosamente sobre mi incómodo destino de laboriosa hormiga pero, sin embargo, tras la ducha, y una vez montado en el tren de mis hábitos diarios, el lamento queda atrás, arrinconado y sin efecto. El problema no es la queja en sí, que no deja de ser un mera reacción verbal- emocional producto de un mal momento, también llamado mal rollito. Vamos, que cuando me corto afeitándome me duele y lo digo ( me quejo). Si me abandonan como a un perro chico, ladraré y aullaré, y me pondré a patear en busca de un nuevo hogar…o no. Pero, ¿y si resulta que cuando me quejo alguien me presta atención, me escucha, me echa cuentas, como diria uno/a de Sevilla? La queja deja de ser una consecuencia natural para tener una función social.

“La diferencia entre las ratas y los seres humanos es que la mayoría de estos últimos seguirán en un túnel en el que no hay queso” .

El problema no son las quejas en sí, sino lo que hago (y hacen) con ellas. Quejarse, a uno mismo y/o a los demás, se ha puesto de moda, se ha convertido en una forma de comunicación en sí misma, en una forma muy frecuente de interactuar con las personas humanas, y con las otras. Los que se quejan demandan atención y piden que se les den razones o se les de la razón (suelen ser sinónimos), y los que escuchan las lamentaciones se prestan inconscientemente al juego, incluidos/as los profesionales, esos orientadores/as y asesores/as que actuan sobre el pesimismo verbal, intentando hacer entrar en razón a sus clientes: “la vida no es tan mala”, “te lo estás tomando a la tremenda”… Pero ¿y si “la vida es lo que es, e incluso menos”?

¿Racionalizar y debatir con los pesimistas (que somos todos/as) que la vida no es tan dura? ¿O ayudarles a aceptar que la vida es como quiera que sea y que tenemos que seguir con el plan y la dirección marcados, aunque duela? Para los primeros, aquí un poco de lectura. Para los segundos, entre los que me confieso incluido, unas metáforas con sustancia. Por cierto, me hubiera gustado darle un toque más festivo a este primer post del nuevo año, pero no seré yo el que me queje.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s