El descanso del buen estudiante: cuatro pilares para aprender bien

Tan importante es ponerse a estudiar como dejar de hacerlo y somos los padres los que debemos permanecer atentos a las necesidades emocionales de nuestros hijos durante el estudio.


Niñas estudiantes con la mano levantada en clase 

Ser un buen estudiante no significa ser el primero de la clase o terminar antes que nadie las tareas. Se trata de que nuestros hijos adquieran la responsabilidad de realizar su trabajo diario y que cuenten con las herramientas para poder realizar sus trabajos de forma independiente.

Esto se consigue poco a poco, con unas rutinas diarias y las recomendaciones habituales suelen ir dirigidas a aspectos físicos o externos como dedicar al estudio un tiempo determinado, tener un lugar concreto bien ordenado para hacer los deberes o disponer de buena luz para el trabajo.

Un buen estudiante sabe cuándo tiene que estudiar, pero también sabe cuándo tiene que dejarlo. Cuando los niños son pequeños, somos los padres los que tenemos que observarles para que se sientan cómodos física y emocionalmente. Seguro que alguna vez tu hijo o algún compañero de su clase ha sufrido fuertes dolores de cabeza o de estómago antes de un examen o cuando se ha tenido que enfrentar a numerosos deberes.

Para evitar esa tensión y hacer de los estudios un aspecto más de la vida libre de presión tenemos que prestar atención a las sensaciones.

1. Observa el estado emocional

Cuando estamos nerviosos, preocupados o tensos, aquello que nos atenaza ocupa todo nuestro pensamiento y concentrarnos en cualquier otra cosa resulta casi misión imposible. Lo mismo les sucede a nuestros hijos, así que es mejor tener en consideración el estado de ánimo y no ponerlos a estudiar cuando está cansado, enfadado, distraído o con prisa. Cuando el cerebro está relajado se vuelve como una esponja y absorbe información de forma natural y con muy poco esfuerzo. Por eso es tan importante que los niños y adolescentes estén tranquilos y serenos y no se sientan estresados por las tareas pendientes.

Si hay mucho trabajo que hacer, lo mejor es repartirlo en sesiones cortas de trabajo intercalando descansos. Así, la concentración será mayor durante el tiempo dedicado al estudio y el cerebro tendrá su tiempo de recuperación.

También hay que mantener las horas de descanso y respetar el sueño de los niños porque durante el descanso el cerebro aprovecha para asimilar el esfuerzo y durante el sueño ordena y afianza los conocimientos y las experiencias del día.

No se puede estudiar cansado, distraído o estresado, así forzar al niño a pasar horas sentado frente a los libros cuando su mente está a otras cosas, es una pérdida de tiempo y un desgaste innecesario. Si aprenden esto de pequeños, cuando sean jóvenes estudiantes sabrán también cuándo descansar ya que en ocasiones es mejor dejarlo y empezar en otro momento para aprovechar realmente el tiempo.

2. Días de asueto

Los adultos nos tomamos vacaciones y en esos días de descanso lo habitual es no pensar en el trabajo ni un minuto. Por eso los estudiantes también necesitan refrescarse y descansar sin pensar en que deberían estar estudiando. Esto es importante tenerlo en cuenta especialmente cuando los jóvenes se enfrentan a pruebas como la selectividad. Las capacidades del cerebro son casi infinitas, pero también necesita descansar y tomarse respiros, por eso, en aquellos periodos en los que hay que esforzarse al máximo, también es recomendable elegir un día de descanso en el que sólo se dedica a disfrutar.

3. Olvidar forma parte del aprendizaje

Nuestro cerebro está programado tanto para aprender como para olvidar. En este sentido ordena la información que recibe según la relevancia que le otorga y normalmente, esa relevancia tiene que ver con el interés que suscita en quien está estudiando. Por eso, es normal que se olviden materias recientemente estudiadas. Se trata de un desgaste natural por lo que lo mejor es tenerlo en consideración y realizar repasos para refrescar los datos ya estudiados, haciendo relecturas y revisiones de los temas ya estudiados. Cuando son pequeños debemos hacer conscientes a nuestros hijos de esta circunstancia para  que entiendan por qué tienen que volver a repasar algo que ya estudiaron y para que no se irriten cuando descubran que aquello que hace un par de días se sabían fenomenal hoy se les ha olvidado.

4. Adiós a la frustración

Cuando contemplamos a dos bebés que se llevan apenas tres o cuatro meses vemos claramente las diferentes capacidades de uno y de otro, relacionadas con su maduración. Del mismo modo debemos tener en cuenta que cada niño tiene una maduración diferente y lo que hoy no llega a comprender en un par de semanas quizás los entienda sin esfuerzo. Por eso es importante respetar el ritmo de cada niño y dejar que los nuevos conceptos maduren en su cerebro hasta llegar a afianzarse sin compararlos nunca con los demás.

De este modo estableceremos metas razonables, adaptadas a cada uno y evitaremos la frustración. Las emociones negativas bloquean el cerebro haciendo pensar al niño que no es suficientemente bueno, lo que se convierte en un bucle que le lleva de nuevo a la frustración y así sucesivamente. Lo mejor es reconocer los méritos y animarle a superarse día a día estableciendo nuevos retos que estén a su alcance.

 

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